El frío no calaba tanto mientras se preparaba el chocolate. El olor comenzó a penetrar el área. Nuestro encuentro fue motivado por la lejanía en la que estábamos. Era hora de ponernos al tanto de nuestras vidas. Lo hogareño sonaba mejor, al parecer su ánimo no andaba muy bien.
Desde el momento que llegué, su rostro me informó cierta tristeza. No pregunté el por qué, sólo saludé y dije las típicas palabras para un saludo. Su boca artículo la siguiente pregunta: “¿Cómo has estado? Tus ojos me dicen que algo traes”. Tu cara me dice lo mismo, lo dije en mi cabeza. Le sonreí y contesté que nada traía entre manos.
El chocolate estaba listo, la plática inició en la cocina con las preguntas sencillas de: “¿Cómo te ha ido en el trabajo?, ¿Qué tal la escuela?, ¿Ya estás por salir?, ¿Ya pensaste en la propuesta que te hice?, ¿Cuál propuesta?, La del proyecto de radio y la revista, etc”. Una plática llevó a la otra, hasta terminar en la sala ignorando la película que habíamos decidido “ver”. Sólo me dediqué a escuchar y a articular frases.
Una charla extensa logró sacar nuestras entrañas. No sé en que momento hubo cambio de emisor-receptor. No me gusta hablar mucho, pero esta vez abusé de hablar y de escuchar. El chocolate sentía que hervía en mi garganta, el frío se estancaba en mi cabeza y mis manos se movían expresivamente. Miré su cara y tenía otra expresión. Nos dimos cuenta que hubo una empatía idiota de problemas, sí; problemas estúpidos que nos hacen perdernos en un hoyo. Las estupideces forman parte de nosotros, y a veces nos sentimos de lo peor por ellos. Ambos, por un momento nos sentimos nefastos.
La plática continuó con más expresiones graves y escupitajos de coraje. Sin embargo, quedé con un gran sabor de boca. Ya no sentía hervir el chocolate en mi garganta, mi cabeza permanecía firme y mis manos tomaron su habitualidad. Su rostro se veía relajado y los ojos estaban de nuevo en orbita, me veía relajadamente y la comisuras de sus labios estaban ligeramente elevadas. Me quedé tranquila y respiré hondo. Escuché: ¿Aún así estás contenta de tus estupideces y errores? Contesté: Sí, soy tan inteligente como para cometerlos y soy tan estúpida como para admitirlos y enfrentarlos.
La película había terminado, el chocolate quedó a medias y nuestras cabezas ya están sujetas a los hombros, donde debe de ir.
Desde el momento que llegué, su rostro me informó cierta tristeza. No pregunté el por qué, sólo saludé y dije las típicas palabras para un saludo. Su boca artículo la siguiente pregunta: “¿Cómo has estado? Tus ojos me dicen que algo traes”. Tu cara me dice lo mismo, lo dije en mi cabeza. Le sonreí y contesté que nada traía entre manos.
El chocolate estaba listo, la plática inició en la cocina con las preguntas sencillas de: “¿Cómo te ha ido en el trabajo?, ¿Qué tal la escuela?, ¿Ya estás por salir?, ¿Ya pensaste en la propuesta que te hice?, ¿Cuál propuesta?, La del proyecto de radio y la revista, etc”. Una plática llevó a la otra, hasta terminar en la sala ignorando la película que habíamos decidido “ver”. Sólo me dediqué a escuchar y a articular frases.
Una charla extensa logró sacar nuestras entrañas. No sé en que momento hubo cambio de emisor-receptor. No me gusta hablar mucho, pero esta vez abusé de hablar y de escuchar. El chocolate sentía que hervía en mi garganta, el frío se estancaba en mi cabeza y mis manos se movían expresivamente. Miré su cara y tenía otra expresión. Nos dimos cuenta que hubo una empatía idiota de problemas, sí; problemas estúpidos que nos hacen perdernos en un hoyo. Las estupideces forman parte de nosotros, y a veces nos sentimos de lo peor por ellos. Ambos, por un momento nos sentimos nefastos.
La plática continuó con más expresiones graves y escupitajos de coraje. Sin embargo, quedé con un gran sabor de boca. Ya no sentía hervir el chocolate en mi garganta, mi cabeza permanecía firme y mis manos tomaron su habitualidad. Su rostro se veía relajado y los ojos estaban de nuevo en orbita, me veía relajadamente y la comisuras de sus labios estaban ligeramente elevadas. Me quedé tranquila y respiré hondo. Escuché: ¿Aún así estás contenta de tus estupideces y errores? Contesté: Sí, soy tan inteligente como para cometerlos y soy tan estúpida como para admitirlos y enfrentarlos.
La película había terminado, el chocolate quedó a medias y nuestras cabezas ya están sujetas a los hombros, donde debe de ir.
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