Tuve miedo, mucho miedo. Pensé en estúpideces, las cuales pasarán tarde o temprano. Una ansiedad rondaba por mi cabeza, la sentí pesada, extraña; realmente extraña. Lágrimas salieron, se evaporaron en mi rostro y no sentía nada de aliento. Me mortifiqué, respiraba profundamente. Opté por bañarme, tal vez el agua me relajaría. Sentir frío funcionó, mantuvo mi mente ocupada. Verme al espejo no me agradó, decidí arreglarme rapidamente. Salí a la calle, abordé el primer transporte publico, iba rumbo al miedo. El camino fue tardío, el tráfico nunca se me había hecho tan amable, fue distractor de malos pensamientos. Llegué al destino, cabeza en alto, mente fría, respiré hondo, todo parecía tranquilo. Mi mirada era como la de un león buscando a su presa, ahí estaba; ahí estaban. La sangre me hervía, mis labios mordía, las manos temblaban; lo sentí por dentro. Muchas palabras rodeaban mi cabeza, abundaban y segundos después tomaron orden, gracias a las palabras de otros que estaban presentes. Poco a poco sentía mis pies livianos, los brazos libres y ligeros, la cabeza ligera y la vista fija. Lo hice, me siento relajada. Respiro profundamente. Ese día fue extraño, demasiado extraño; sin embargo continúo. Después de todo esto, vino lo que me hizo sonreír, abrazos obsequiados y sonrisas robadas. Esas sorpresas son las que me gustan, y que mejor cuando vienen posterior a esos días de extremas emociones nada agradables.
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