Vuelvo a sentir el crujir en el pecho. El latido apresurado ligado con el pensamiento de negación. Ese escalofrío que acaparó mi cuerpo, ese parpadeo acompañado de recuerdos viajados al mil por hora. Su nombre aparecía en el muro, en cada red virtual, en cada pensamiento de conocidos y amigos. ¿Es verdad? ¿Ya no estás? Tantas preguntas secuestraron mi cabeza en segundos.
Caminé, me detuve, contuve el llanto unos minutos, el nudo estaba en mi garganta y me sentía asfixiada. Hablé, te nombré y solo sentí el abrazo caluroso de mi madre. No me entendía muy bien, se lo agradecí pues, sólo quería llorarte. -Sí, recuerdo que lo nombrabas muy seguido- me dijo ella.
Sentía suspiros atrapados en el pecho y los recuerdos nadaban entre ellos. Me acordé de tus palabras, de tus fotografías, de tu carrilla, tus regaños, tus lecturas, de tu mirada profunda y de toda esa inquietud que siempre te cargabas al hablar. Pero lo que más tengo presente de ti, son tus clases; esas clases que ahora yo también doy y no hay palabra, ni texto, ni letra que yo no dé sin antes pensar en cómo nos decías que redactáramos.
Te pienso y te lloro. Una vez te agradecí el haber hecho tanto por mí. Eres mi guía de letras y persistirás en cada una de mis palabras. Pienso en mis errores que tuve y que tú corregiste, en todos esos textos devueltos y en las recomendaciones anotadas en la parte superior de las hojas.
Sé que hoy no estás bailando aquí con nosotros, pero sé que estás feliz. Hoy, sabe a quién le estés dando cátedra, pero si lo estás haciendo, sé que lo haces con fervor. Estás lejos de la "citi" pero, sé que sigues escribiendo de ella. Y donde sea que estés, te mando miles de abrazos así como tú sabías darlos y te envío mis agradecimientos infinitos envueltos en tinta de mil colores.
Gracias, Rafa Dro. Gracias, profe. Gracias, Rafa Saavedra.
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